POWER RANGERS "MITOS ANCESTRALES"

Power Rangers: Mitos Ancestrales


Prólogo: La Guerra Primordial


El vacío no era realmente vacío.


Antes del tiempo medible, antes de que las galaxias encontraran su ritmo cósmico, existía el Caos. No el caos como concepto, sino como entidad consciente, un ser primordial que anhelaba devorar toda forma, todo orden, toda luz incipiente que osara brotar en la oscuridad infinita. Su hambre era un agujero en el tejido mismo de la realidad, una sed que solo podría saciarse con el silencio absoluto de la nada eterna.


De ese vacío que deseaba ser más vacío aún, surgió Cronos.


No el titán del tiempo de los mitos posteriores, sino su antítesis: la encarnación de la entropía final, la promesa de que todo, eventualmente, volvería a la oscuridad. Su forma era colosal, compuesta de sombras que se movían como líquido denso y ojos que no reflejaban luz, sino que eran grietas hacia una nada aún más profunda. Donde posaba su mirada, las estrellas recién nacidas se deshilachaban en polvo cósmico, y el espacio mismo gemía bajo el peso de su nihilismo.


La primera alarma resonó a través de los planos de existencia no como un sonido, sino como un temblor en el alma de cada ser con un atisbo de conciencia. Los reinos divinos, normalmente celosos de su autonomía, sintieron el mismo frío recorriendo sus columnas.


En el Olimpo, Zeus, cuyo poder hacía temblar las montañas, sintió por primera vez algo cercano al puro terror. En Asgard, Odín, el de la sabiduría infinita, vio en el agua de su pozo un futuro sin runas, sin destino, sin nada. En los salones de otros panteones olvidados por el tiempo mortal, dioses de soles lejanos y lunas extintas alzaron la cabeza al unísono.


Por primera y única vez en toda la eternidad, la disputa cesó. La traición, los celos, las guerras por el dominio entre dioses, todo se desvaneció ante el espectro de la aniquilación absoluta. Un enemigo que no deseaba su trono, ni su adoración, ni siquiera su sumisión. Solo su inexistencia.


La guerra que estalló no tuvo nombre, porque no hubo cronistas. Fue un conflicto librado en los desiertos entre galaxias, en los viveros estelares donde nacen los soles, en los límites mismos de la realidad conocida. Zeus blandía rayos que partían asteroides como granos de arena. Poseidón convocaba mareas de energía pura desde los océanos cósmicos. Thor, el forjador de tormentas, golpeaba su martillo contra el yunque del vacío, y del impacto surgían constelaciones enteras que lanzaba como proyectiles divinos. Junto a ellos, dioses con formas de animales celestes, de fuego pensante y de sombra luminosa, lucharon en una sinfonía de poder devastador.


Pero Cronos era la entropía hecha carne. Cada herida que le infligían se cerraba con la fría lentitud de un universo muriendo. Cada ataque era absorbido, digerido, convertido en más de su propia oscuridad.


Fue entonces cuando los dioses miraron hacia abajo.


Hacia los mundos de mortalidad fugaz.


Athena, diosa de la estrategia y la sabiduría en la batalla, fue la primera en proponerlo. “Su fuerza reside en que no tenemos nada que proteger, solo algo que perder”, dijo, su voz grave resonando en el concilio de guerra. “Pero ellos… ellos tienen todo un futuro por delante. Un futuro que el Caos les robará. Lucharán no por la victoria, sino por la supervivencia. Y eso los hace más feroces que cualquier dios.”


Así nacieron los Campeones.


Mortalidad elegida. Hombres y mujeres de decenas de mundos, seleccionados no solo por su destreza marcial, sino por la fuerza de su espíritu, la resiliencia de su alma y el fuego inextinguible de su voluntad. Les fueron concedidos fragmentos de poder divino, no para convertirlos en dioses menores, sino en armas vivientes. Armaduras que canalizaban la esencia olímpica, asgardiana, de otros panteones, se fundían con sus cuerpos, brillando con una luz que era prestada, pero que ardía con un combustible propio: la pasión de lo efímero.


Entre ellos estaba Elara.


De un mundo de cielos color ópalo y mares de plata líquida, Elara no había sido reina ni general. Había sido una forjadora, una artesana que entendía el lenguaje del metal y el fuego. Athena la vio moldear una espada para un héroe local, y no fue la perfección de la hoja lo que impresionó a la diosa, sino la determinación en sus ojos, la quietud concentrada de quien sabe que está dando forma no solo a un arma, sino a un destino. Su armadura, cuando se materializó, fue única: plateada como el metal de su hogar, con incisiones que parecían runas de fabricación, ágil y resistente a la vez. No blandía una lanza divina, sino un martillo de forja que resonaba con el sonido de la creación cada vez que golpeaba.


Luchó al lado de los dioses, su martillo chocando contra las garras de oscuridad de Cronos. Vio caer a otros Campeones, sus luces apagándose uno a uno, agotados por el peso del poder que sostenían. Sintió la desesperación, un frío que se colaba incluso a través de la calidez divina de su armadura. Pero también sintió la rabia. La rabia de la creadora viendo cómo su obra, todo lo hermoso y imperfecto del universo mortal, estaba siendo amenazado por este vacío insaciable.


La batalla final no fue un triunfo, sino una contención desesperada.


Los dioses, agotados, sus formas titánicas empezando a desvanecerse como niebla bajo el sol, comprendieron la verdad. No podían destruir a Cronos. Destruirlo significaría destruir el concepto mismo de entropía, y eso era tan imposible como detener el flujo del tiempo. Solo podían enjaularlo.


Zeus, Odín y un faraón-dios de un panteón solar casi extinto, entrelazaron sus esencias. No fue un ataque, sino un acto de creación al revés: tejieron una prisión de pura potencialidad negada, un sello dimensional donde las leyes de la física, la magia y la misma existencia serían tan estáticas, tan inmóviles, que la entropía quedaría atrapada en su propio principio, congelada en un instante eterno de no-ser.


El esfuerzo les desgarró. El rayo de Zeus se quebró. El ojo de Odín se cerró, cegado por el esfuerzo. El faraón-dios se deshizo en arena cósmica.


Con un rugido que era el sonido del universo conteniendo la respiración, el sello dorado y geométrico se cerró sobre Cronos, arrastrándolo hacia un plano de existencia creado solo para ser su tumba-viviente. La oscuridad retrocedió, succionada hacia esa cárcel.


El silencio que siguió fue más aterrador que el estruendo de la batalla.


En el campo estelar sembrado de restos de mundos y dioses exhaustos, los pocos Campeones que quedaban en pie se miraron. Elara bajó su martillo, sintiendo el peso de siglos en sus huesos que solo habían vivido décadas. La luz de su armadura se atenuó hasta apagarse, dejándola sola, fría, mortal otra vez. Alrededor, los dioses, sin fuerzas ni para una despedida, se desvanecieron, retirándose a sus reinos a lamer sus heridas y a dormitar en una debilidad que nunca antes habían conocido.


La paz había llegado. Una paz comprada con el retiro de los dioses y el sacrificio de los Campeones. Algunos, como Elara, volvieron a sus mundos, pero ya no eran los mismos. Habían visto la maquinaria del cosmos, habían luchado junto a titanes y habían sobrevivido. ¿Cómo volver a forjar hoces y espadas después de haber ayudado a forjar un sello cósmico? ¿Cómo encajar en una vida normal cuando llevabas el vacío de la batalla en la mirada?


El sentimiento no fue de gloria, sino de abandono. Los dioses se habían ido. La guerra había terminado. Y ellos, los instrumentos mortales, fueron dejados atrás con sus recuerdos y sus cicatrices invisibles.


Milenios después.


La Tierra. Una ciudad moderna, un monstruo de acero, cristal y luz artificial que late al ritmo frenético de la humanidad. La gente corre, vive, ama, sueña, completamente ajena a la oscuridad que se agita bajo sus pies.


Porque bajo la ciudad, en las entrañas olvidadas, en túneles que fueron excavados antes de que la historia comenzara a escribirse, algo se está quebrando. Las paredes de roca, impregnadas sin saberlo con los vestigios residuales del sello, empiezan a mostrar finas grietas. Y de esas grietas, como pus de una herida cósmica, se filtra un resplandor púrpura, siniestro y familiar. Un color que no pertenece a ningún espectro terrestre. Un color que es la promesa del desorden, del colapso, del fin.


En el Olimpo, ahora un plano de brumas doradas y ecos lejanos, Zeus observa. Ya no es el gigante tonante de antaño; su forma es más espectral, su poder un recuerdo de lo que fue. Ante él, un espejo de agua recogida del río Lethe muestra las grietas que crecen bajo la ciudad mortal. En sus ojos, que han visto nacer y morir civilizaciones, hay un destello de la antigua determinación, pero también algo nuevo: una preocupación profunda, casi paternal.


“Nuestro tiempo ha pasado”, murmura, y su voz ya no hace temblar montañas, sino que susurra como el viento entre columnas rotas. “El sello se resquebraja. Cronos se agita en su sueño. Y nosotros… no tenemos fuerza para otra guerra.”


A su lado, la forma neblinosa de Athena asiente. “Cronos aprendió. No solo forcejea contra las paredes de su prisión. Susurra. Gotea su esencia a través de las grietas. Corrompe. Busca no un ejército, sino un catalizador. Algo o alguien en ese mundo mortal que pueda rasgar el velo por completo.”


Zeus cierra el puño, pero no surgen rayos. Solo un tenue brillo. “No podemos confiar en guerreros forjados solo para la guerra otra vez. Elara y los demás… su fuerza fue también su perdición. La rabia del abandonado, la sed de un propósito después del apocalipsis… Cronos podría usar eso. Podría corromper eso.”


Athena mira el espejo. En él, vislumbra destellos de vidas mortales: un joven con temperamento explosivo y un corazón protector, una mente curiosa que busca respuestas en lugares prohibidos, una artista que ve patrones donde otros ven caos, un atleta que carga con el peso de expectativas ajenas, una solitaria que prefiere la compañía de los libros a la de las personas.


“El nuevo enemigo es el antiguo”, dice Zeus, su mirada fija en esos destellos de humanidad. “Pero los héroes… deben ser nuevos. No pueden ser solo nuestros campeones. Deben ser los suyos propios. Deben llevar nuestro poder, sí, pero su fuerza debe venir de su humanidad. De sus defectos, sus sueños, sus conexiones entre ellos. De la esperanza que nace no de la eternidad, sino de lo frágil y lo temporal.”


En una cámara oculta, una sala que existe entre los planos, conocida como la Sala del Legado, cinco objetos reposan sobre un altar de piedra estelar. No son morfadores llamativos, ni dispositivos tecnológicos. Son amuletos. Reliquias de apariencia antigua, casi arqueológica.


Uno, rojo como la lava y el corazón enfurecido, tallado con la forma de un rayo.

Otro, azul como el mar profundo y la mente serena, con el patrón de una ola en espiral.

Un tercero, amarillo como el sol del mediodía y la fuerza inquebrantable, con la marca de un puño cerrado.

Un cuarto, negro como la obsidiana y la noche que precede al amanecer, con la silueta de un lobo aullante.

El último, blanco como el mármol y el lienzo en blanco, con el símbolo de una pluma estilizada.


Brillan suavemente, como si sintieran la perturbación en el mundo al que están ligados. Esperan. No a soldados perfectos, sino a seres humanos. A jóvenes que están a punto de tropezar con un destino más grande que ellos mismos, y que tendrán que decidir si cargan con él.


Porque el Caos despierta. Y los Dioses ya no pueden intervenir.


La última línea de defensa no será de dioses, ni de semidioses, ni de guerreros entrenados desde la cuna.


Será de ellos.


De los elegidos por el azar y el destino.


De los Power Rangers.

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